El móvil que le habían regalado unos compatriotas resbaló de la repisa.
En un instante, todo se movió. Todo se rompió.
El viaje terminaba.
El estruendo llegó como un cierre brutal, definitivo.
El sonido que pondría fin a los sueños del senegalés.
Iba camino de la casa de unos compatriotas. Allí lo esperaban con trabajo, con un jornal, con la promesa mínima de empezar de nuevo.
Pero, de repente, todo se desencajó.
Viajaba solo, acompañado únicamente por sus recuerdos.
Comprendió pronto que aquel era el final.
Su mujer. Sus hijos.
Su familia en Senegal aguardando el dinero que él debía enviar.
El esfuerzo de todos depositado en su marcha.
Todo ocurrió demasiado rápido.
Maletas rodando.
Heridos. Muertos.
El caos.
La despedida había sido intensa. Ibrahim era el encargado de cruzar en patera hasta la península ibérica con los ahorros reunidos por la familia. Llevaba la esperanza de todos en un solo cuerpo.
Centro de Internamiento de Inmigrantes.
Orden de expulsión.
Y Adamuz como destino provisional, donde lo acogerían para trabajar sin papeles.
Pero la historia no acabaría en salvación.
Acabaría en tragedia.
Encontraría la muerte.
Sabía que debía asumir riesgos.
Lo sabía desde el principio.
Pero nunca imaginó que el más trágico de los dramas pondría fin a su existencia.
La fatalidad, como casi siempre, se alimentó de los más desgraciados.
leopoldo
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