Salma ya no puede ir al gimnasio con su madre, Fátima. Ha cumplido tres años y, a partir de esa edad, las normas impuestas por el régimen iraní establecen que las niñas no deben compartir determinados espacios públicos con los hombres. Su madre se ve obligada a dejarla con una amiga mientras entrena.
Salma podrá acudir al colegio hasta finalizar la educación primaria. Después, su formación quedará condicionada por un sistema que orienta a muchas mujeres hacia un papel doméstico y subordinado al marido. A la piscina sí podrá ir, pero siempre en espacios separados por sexos y con una vestimenta que cubra casi por completo el cuerpo. Existen, no obstante, corrientes feministas dentro del país que cuestionan estas imposiciones y reivindican mayor libertad, incluso en ámbitos tan cotidianos como el uso del bañador.
Irán no garantiza las libertades públicas ni los derechos fundamentales de las mujeres. El marco legal y cultural vigente las sitúa en una posición de clara desigualdad respecto a los hombres.
Este modelo resulta incompatible con los principios democráticos. En contraste, en muchas sociedades occidentales —pese a un pasado profundamente machista— las mujeres acceden de forma mayoritaria a la universidad, participan en el mercado laboral y continúan luchando por una igualdad real que aún no está plenamente conseguida.
En el caso iraní confluyen la ausencia de democracia y una interpretación rígida del islam que refuerza prejuicios culturales y limita la autonomía femenina.
Aun así, la lucha de las mujeres es persistente e irrenunciable. En distintos países de mayoría musulmana, como Túnez, los movimientos feministas han ganado visibilidad y han demostrado que el cambio es posible incluso en contextos adversos.
leopoldo
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