Querida:
Antes que nada, perdóname por la insistencia de entonces… y por la que aún pueda llegar.
Vivía bajo la influencia de los malditos: Rimbaud incendiándome la cabeza y Bukowski oxidándome el alma. De esa mezcla nacía el exceso.
Hoy soy otro —o, al menos, un intento más digno de serlo—. Un escritor pobre, comprometido con los que viven al margen: los que cruzan fronteras, los que resisten sin nombre, los que aún sueñan.
Y, sin embargo, sigo enamorado de mi editora, esa mujer que mira con devoción a su gata y ni un segundo hacia mí.
A ti, en cambio, no logro borrarte.
Tu mirada, entre gris y azul, aún atraviesa mis noches. Tu empatía, tu ternura combativa, tu forma de abrazar las causas perdidas, me siguen acompañando.
A veces te imagino en Ecos do Sur, tecleando con esa serenidad que ilumina incluso la desesperanza.
Recuerdo también —bendito error— aquella comida en el mexicano de Madrid.
Tú, sin gato pero con devociones: marido, hijo, rutina. No te culpo por apartarme ni por el silencio de tus respuestas. Fue una decisión sabia.
Pero escucha: el día en que descubras que tu marido te engaña con una mujer indudablemente más fea que tú, y cuando tu hijo te niegue la palabra, yo seguiré aquí.
Esperándote.
Para hablar de los invisibles: poetas sin techo, inmigrantes, yonquis, prostitutas, almas sin orillas. Mi gente. Tal vez la tuya también.
Respóndeme.
Te quiero.
leopoldo
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