El Vaso de Agua

Publicado el 14 de octubre de 2025, 19:58

Aquel día, en medio del calor, me senté en el bordillo frente a una obra.
Un albañil marroquí me miró, sonrió y me tendió su botella.
—Bebe —me dijo—, el agua no tiene dueño.

No sé si era por la sed o por su manera de decirlo, pero aquel sorbo me supo a fraternidad.
Nos quedamos un rato hablando, sin idioma común. Bastaron los gestos.
Yo le conté —con las manos— que también fui inmigrante, que dormí en estaciones y soñé con trenes que nunca llegaban.
Él asintió, como quien entiende sin entender.

Cuando me fui, me dijo en un castellano torcido:
—Hermano, escribe. Que las palabras también dan de beber.

Desde entonces, cada vez que abro este blog, vuelvo a aquel bordillo.
Y escribo para que nadie pase sed de humanidad.

 

 

 

leopoldo

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Comentarios

María
hace un mes

Hay gestos que valen más que un discurso.
Un sorbo de agua compartido puede contener toda la ética que el mundo olvida.
Este relato no habla solo de un encuentro casual, sino del milagro de reconocerse en el otro, más allá del idioma, del país o de las heridas.

leopoldo convierte una escena cotidiana en una parábola sobre la fraternidad y la memoria del exilio, sobre ese instante en que la bondad desarma el miedo y las palabras se vuelven puente.
Leerlo es recordar que la literatura también puede dar de beber: consuelo, conciencia y humanidad.