Ricardo padece una ceguera casi total a causa de una degeneración macular.
—No me extraña —dice—. Me he pasado cuarenta años en la cárcel, casi sin ver la luz del sol.
Ha participado en dos motines. Fue heroinómano. Tiene VIH. En sus brazos, los tatuajes —artísticamente mediocres— cuentan historias que ya nadie recuerda.
Come cada día en el Comedor Social de Boandanza: su ceguera le impide cocinar.
Asegura que sus amigos de la promoción de los ochenta murieron todos de sida.
—Solo quedamos unos pocos. No sé cómo sigo vivo —murmura.
leopoldo
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La historia de Ricardo no busca compasión, sino mirada.
En su voz se concentran décadas de sombra, supervivencia y silencio.
Representa a toda una generación marcada por la heroína, las cárceles y el virus que arrasó los años ochenta; hombres y mujeres que quedaron fuera de la historia oficial, invisibles incluso antes de perder la vista.
Su relato no es solo el de un cuerpo cansado, sino el de un país que aprendió a mirar hacia otro lado.
Escucharlo —aunque sea en unas líneas— es un acto de memoria y de respeto hacia quienes resistieron sin gloria, con la dignidad de seguir vivos cuando casi todo se había perdido.