Me lo contó Eusebio mientras se encendía un cigarro en la esquina, como quien comparte un secreto que ya todos saben.
—A Jaime lo metieron otra vez en Teixeiro —dijo, sin mirar.
—¿Y cómo te enteraste? —pregunté.
—Es la noticia del barrio. Todo el mundo habla de eso.
El viento traía olor a humedad y basura vieja, como siempre en el Ventorrillo cuando anochece.
Jaime tenía cuentas pendientes con medio mundo. Había pasado más tiempo dentro que fuera, y parecía no saber vivir de otra manera.
La última vez fue hace poco: lo pillaron escalando un murete para entrar en una tienda.
Iba con Carlos, pero Carlos se dio a la fuga y se perdió entre los portales. Jaime no. Jaime se quedó quieto, como si no le quedaran fuerzas ni ganas de correr.
La semana pasada lo llamaron de los juzgados. Eusebio lo dijo con resignación, como si hablara de un destino escrito.
—Es carne de presidio —le solté.
—Y mala gente —contestó—. Porque puedes ser un mangui, un yonqui o un desgraciado, pero mentiroso no. Y ese miente hasta cuando duerme.
Ahora Jaime volverá a casa —su otra casa—.
Allí tendrá lo suyo: la droga, el trapicheo, los silencios entre muros.
Dentro, al menos, lo respetan. Tiene nombre.
Fuera, solo es otro cuerpo que deambula por las aceras húmedas del barrio.
—A lo mejor hasta dentro de cinco años no lo volvemos a ver por el Ventorrillo —dijo Eusebio, soplando el humo.
Y el eco de sus palabras quedó flotando en el aire, como una condena que se cumple sin juez ni sentencia.
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