Cayo Coco

Publicado el 20 de octubre de 2025, 14:09

Para Ana, que se fue antes de tiempo. Y para Santi, que me enseña a seguir.

Hay viajes que no se hacen para llegar a un lugar,
sino para dejar de estar donde uno duele.
K.

Acababa de morir Ana.
Y el mundo, que hasta entonces tenía una forma reconocible, se deshizo de golpe.
Santi, nuestro hijo, quedó conmigo.
Su risa era una isla en mitad del naufragio.

Le pedí a Marta —la hermana de Ana— y a Julio —su marido, ese hombre que parece comprender incluso lo que uno calla— que cuidaran de él unos días.
Solo una semana, me dije.
Una pausa. Un intento de respirar.

Así llegué a Cayo Coco, donde el mar tiene un azul que parece mentira.
Allí el tiempo se diluye entre el ron, el salitre y el rumor de los cuerpos que buscan olvido.

En la playa conocí a Nilson, el encargado de las sombrillas.
Su piel contenía todos los soles de la isla, y su voz sonaba como un lugar donde uno podría quedarse.
Me ofreció un masaje; acepté sin pensar.
Entre sus manos comprendí que hay gestos que curan más que las palabras.

Esa noche, el viento se coló por la habitación del hotel y la soledad se volvió piel.
Nilson tenía una ternura que desarmaba.
No fue deseo urgente, sino encuentro.
Un intercambio de respiraciones que no buscaban placer, sino alivio.
En cada mirada había un “aquí estoy” que bastaba.

El amanecer nos encontró en silencio.
El mar, detrás de los cristales, seguía moviéndose como si nada.
Nilson sonrió y me dijo algo que no entendí; quizá no hacía falta entenderlo.
Bastaba su gesto, ese modo de decir adiós sin romper la calma.

Al volver a España, Santi me esperaba en la puerta.
Tenía la mirada limpia, la misma de siempre.
Y al abrazarlo sentí que, aunque Ana ya no estaba, algo en mí había aprendido a sostener la vida sin miedo.

El viaje no me devolvió la alegría, pero me enseñó algo más útil:
que el cuerpo también sabe rezar.

 

 

leopoldo

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