Sexo Terminal

Publicado el 22 de octubre de 2025, 9:21

Para los que aún saben amar desde la fragilidad.

 

Ella, Eva, tenía un cáncer metastásico que había invadido ya todo su cuerpo.
Los médicos habían sido claros: no superaría el año.
Vicente, en la habitación de al lado, arrastraba un cáncer de pulmón con mal pronóstico.
Ambos vivían su cuenta atrás en la planta de oncología del Gregorio Marañón.

Se conocieron en la sala común.
Fue Eva quien dio el primer paso.
Vicente estaba sentado junto a la ventana, mirando sin mirar, y ella se le acercó con una sonrisa cansada.

—Tengo algo para ti —le dijo.
—¿Ah, sí? —respondió él, sin demasiado interés.
—Camel sin filtro. El preferido de mi amado leopoldo —añadió, tendiéndole el paquete con gesto cómplice.

Vicente la miró, sorprendido.
—Gracias… de todo corazón —dijo al fin, guardando los cigarrillos como si fueran un tesoro.
Se levantó enseguida.
—Voy a por un mechero —anunció, y salió del cuarto.

Cuando regresó, Eva lo estaba esperando.
—Fúmatelo en el baño —le advirtió en voz baja—. Si te ven los enfermeros, habrá consecuencias.
Vicente sonrió.
—Ven conmigo. Lo fumamos a medias —propuso.

Entraron juntos en el pequeño baño del fondo del pasillo.
Las luces parpadeaban.
El agua goteaba de un grifo mal cerrado.
Encendieron el cigarrillo y compartieron el humo en silencio.

Vicente aspiró hondo y, de pronto, el hospital desapareció:
volvió a sentirse en el chalet de Becerril de la Sierra, escondido tras un muro,
probando su primer Camel sin filtro y esperando no ser descubierto por su padre.

El humo le mareó igual que entonces.
Y al volver a mirar a Eva, sintió una mezcla de ternura y vértigo.
Ella lo miraba con los ojos brillantes,
como si aquel cigarro fuera su último secreto compartido.

Fue un gesto pequeño, un roce leve de manos,
y en ese roce se dijo todo.
El miedo, el deseo, la vida que aún se resistía a apagarse.

A partir de ese día se buscaban cada tarde,
cuando el cambio de turno les dejaba un respiro.
Encendían medio Camel, hablaban poco,
y el humo se mezclaba con el olor metálico del suero.

Hasta que ella se fue primero, una madrugada sin ruido.
Él aguantó apenas una semana más.

Dicen que, antes de morir, pidió un cigarrillo.
Pero nadie entendió que no hablaba de tabaco.
Hablaba de Eva.

 

 

leopoldo

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