Verás, Paca…
A ti te gustaría mucho. Es una mujer trabajadora, como Vicky, a quien tanto amabas. Y tuvo cáncer, como ella.
Lore es mi editora, mi amiga. Y mi hermana.
Tiene un hijo que no para de fumar porros, como yo.
Sí, Paca, mi amor —tú siempre supiste que yo fumaba hachís con mis colegas de Pontevedra boa vila.
Es una artista. La encargada de eliminar mi prosa poética charcutera, esa que aparece cuando me olvido de lo bien que tocabas tú el piano.
Eras todo arte: en tu mirada, en la mesa que preparabas con mil elegantes detalles, en tus caracolas marinas.
Oyendo a Serrat interpretar a García Lorca, comiendo compulsivamente —y a pares— esos pinchos de tortilla del Club de Campo.
Llevándole a Enrique cubos de comida a prisión, entre putas y delincuentes.
Si hubieses tenido la oportunidad de trabajar como la Lore… Pero no.
Tú eras una niña bien, con la vida resuelta. Y perdiste el alma.
No hacías más que comer y tomar Evacuol para cagar, y Sinogán para dormir.
Te faltó un marido amante que te echase un polvo en el ascensor.
Amigas tenías —a Lola Cuiña, por ejemplo—, que trabajaba todo lo que a ti tanta falta te hacía.
Tenías unos pies elegantes de señora, enfundados en carísimas zapatillas de andar por casa color crema.
Y decidiste, ya de mayor, vestir solo chándales, como los yonquis.
La razón de esa apuesta estética era simple: con tus drásticos cambios de peso, acumulabas ropa de quince tallas distintas.
Y, sin embargo, con el chándal nunca había que decir: “He vuelto a engordar, cogeré una talla más”.
Hablabas francés, pero el Bellocino hubiese preferido que falases galego para atender a sus aristocráticos invitados.
Claro que pronto dejó de llevarlos a casa, por lo mal que quedaba con su neurótica mujer: la Paca.
Necios, vulgares, políticos de mierda…
Nunca sabréis la pedazo de señora que os recibía en ese pueblo de mierda —Pontevedra— que debiera haber sido París.
leopoldo
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