Festividad católico-capitalista que, como cada año, llega acompañada del eterno espumillón.
Vuelve la desestructuración emocional: afectos frustrados, recuerdos de aquello que alguna vez llamamos felicidad familiar.
Aún estamos a finales de octubre, y pronto asistiremos al pornográfico espectáculo de las lucecitas de siempre.
Negros disfrazados de Baltasar.
Amas de casa comprando regalos con el dinero que no tienen.
Inmigrantes haciendo carantoñas a los hijos de familias pudientes.
Mercadotecnia.
Familias enteras con acidez por los abusos gastronómicos.
Publicidad salvaje.
Champán y resacas.
La exaltación artificial de “la alegría”.
Mientras tanto, los pobres siguen sin comer.
Los yonquis, en pleno mono, devoran compulsivamente turrón —el de chocolate, su preferido—.
Las putas llenan la agenda.
Los curas obesos celebran satisfechos.
La población compra inutilidades envueltas en la ficción de la abundancia.
Y los dramas familiares se actualizan cada año, como si fuesen software.
Pero tranquilos: todo es felicidad.
Somos buenos.
Buenísimos.
Mientras un cuarto del mundo pasa hambre.
Mientras el VIH sigue segando vidas.
Mientras la heroína trae consigo un espíritu que la sociedad ya no tiene.
Mientras los inmigrantes disfrazados recuerdan sus países, sus familias, sus ausencias.
Y sin embargo, todos santos.
Todos puros.
Todos radiantes.
Excepto Leopoldo, que irremediablemente, por estas fechas, repite:
ME CAGO EN DIOS Y EN LA PUTA NAVIDAD.
leopoldo
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