La señorita Rosa es una editora extraordinaria. Y, para colmo de bondad, dedica parte de su trabajo a ayudar a nuevos escritores con pocos recursos: les orienta, les maqueta, les corrige, les diseña las portadas. Incluso adelanta costes cuando puede.
Es decir: sostiene vocaciones literarias que, de otro modo, jamás verían la luz.
También trabaja con autores experimentados y pudientes.
La edición es un mundo amplio: conviven los que comienzan con los que ya tienen nombre.
Uno de estos autores es Roberto.
Rosa le editó 100 ejemplares de su último libro, a 20 euros la unidad.
Esto incluía: maquetación, corrección, diseño, prensa y publicación en Amazon.
Un total de 800 euros.
Un esfuerzo económico y humano —porque editar un libro no es imprimir papel: es acompañar un nacimiento.
Pero he aquí el problema:
Roberto no ha pagado.
Alega que los libros se perdieron en un accidente de coche.
Dice que no había contrato.
Sostiene incluso que, al no estar registrado el título, Rosa le ha “robado” la propiedad intelectual.
Ninguna de estas afirmaciones es cierta.
Este caso ha tenido consecuencias reales:
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Rosa se ha visto obligada a cobrar la mitad por adelantado en todas sus ediciones.
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Muchos nuevos escritores, precisamente los que ella más protege, ahora se ven perjudicados.
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La confianza, que es el pilar silencioso de todo trabajo cultural, se ha quebrado.
Hay una realidad triste en el mundo del libro:
no siempre los mayores abusos vienen de grandes empresas, sino de pequeñas traiciones cotidianas.
Rosa llevará el caso a los juzgados.
Porque trabajar con la palabra no significa trabajar gratis.
leopoldo
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