Madre y Hermana

Publicado el 31 de octubre de 2025, 20:35

Ojalá hubiera tenido yo una madre capaz de impedir mi ingreso en un psiquiátrico.
Lo digo así, sin adornos.

Porque un hospital de salud mental —o como se le llamaba antes, manicomio— no es un espacio de calma ni de cuidados profundos. Es uno de los lugares más tristes que existen. Allí conviven el llanto silencioso, las miradas perdidas, el dolor espiritual y las pastillas que prometen tanto y alivian tan poco.

No se ingresan probetas ni diagnósticos.
Se ingresan personas.

Y aunque en situaciones límite pueda ser necesario, lo cierto es que nadie se cura sin amor.
Allí dentro faltan amigos.
Faltan abrazos.
Falta mundo.

A veces, la crueldad no viene del mal, sino de la obediencia ciega a un protocolo.

Por eso, cuando hablo con mi hermana, hay cosas que solo ella conoce.
Nunca las he dicho en voz alta, ni escrito, ni confiado a nadie más.

¿Será porque las merece?
¿Será porque las entiende?

Quizá la respuesta sea más simple: hay experiencias que solo se entregan a quien puede sostenerlas sin destruirlas.

Y hay algo que ningún manual médico puede medir, diagnosticar ni contener:

La poesía.

La poesía habita esos espacios donde la razón se agota.
Donde la mente se fractura, la palabra resiste.
La palabra salva.

 

 

leopoldo

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