El Hombre de la Puerta de la Iglesia

Publicado el 10 de noviembre de 2025, 16:39

A la salida de misa, en la iglesia de General Moscardó, le di tres duros al hombre que pedía en la puerta.

—¿Qué tal el día? —le pregunté, casi en voz de domingo, sin prisa.

La gente pasaba alrededor con ese aire de clase media-alta en beatitud, donde dar unas monedas parece acto suficiente para tranquilizar el alma. Todos saliendo de rezar, pero rascándose el bolsillo como si dentro tuvieran miedo de encontrar el vacío.

Él me miró con ojos cansados, pero no vencidos.

Le pregunté:

—¿Tiene hijos?

Me contó que tenía seis.
Seis.

Su mujer, árabe, trabajaba de limpiadora en El Corte Inglés.
Su hijo Eduardo era un gran jugador de ajedrez.
Tres de ellos habían terminado la secundaria.

La vida avanzaba.
A pesar de todo.

Y allí, en ese pequeño diálogo, algo se reordenó en mí.

Yo, que alguna vez pertenecí —o pasé por— esa clase pudiente que ahora observo desde fuera, sentí una punzada.
No por él.
Por ellos.

Por quienes salen de misa hablando de caridad mientras evitan la mirada del pobre.
Por quienes creen que el mérito es propiedad hereditaria.
Por quienes se asignan dignidad en función de la cuenta corriente.

No pude evitar despreciar esa comodidad satisfecha.
Esa paz sin conciencia.
Esa fe que no toca el mundo real.

Porque aquel hombre, con seis hijos, una mujer agotada y un hijo que juega al ajedrez con el cerebro inflamado de futuro,
tenía más coraje que toda esa gente junta.

No siempre tiene más quien más tiene.
A veces tiene más quien sigue sosteniendo la vida con las manos desnudas.

Los pobres no siempre piden.
A veces enseñan.

Y uno aprende.

 

 

leopoldo

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