Saldríamos de A Coruña en el coche recién comprado de Hicham. Sin prisa, solo carretera, mar y promesa. Cruzar el Estrecho no sería un simple viaje: sería un pasaje de etapa, una puerta hacia algo que estaba esperando ser nombrado.
Alquilaríamos una casita blanca en Tánger, con terraza mirando al viento y al ruido azul del puerto. Y también pasaríamos días en la casa de mi acogido magrebí, allá en Chefchaouen, donde las paredes respiran azul y silencio. Allí escribiríamos. No un libro cualquiera, sino ese libro tantas veces anunciado.
Dos voces. Dos ritmos. Un mismo latido.
La mía —decía él— sería prosa poética, trabajada, pulida en profundidad, con esa estructura que parece espontánea pero no lo es.
La suya —la Lore— sería más primitiva, libre, directa. Una escritura que no pide permiso, que brota y se queda.
Ambas irían yuxtapuestas, no mezcladas: respirando juntas.
Como dos cuerpos caminando a la misma velocidad, sin necesidad de tocarse para entenderse.
Viajaríamos por Marruecos todo lo que alcance el depósito de gasolina. Y ese límite sería hermoso: ni más ni menos que lo que la vida quiera ofrecernos. Sin pretensión. Sin artificio.
Un libro que no mira al mercado, sino a la verdad.
Y la Lore dijo sí.
Y en ese sí:
el viaje empezó antes de arrancar el motor.
leopoldo
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