Hoy inicio en la ONG Adaceco las actividades destinadas a frenar el deterioro neuronal derivado de mi traumatismo craneal. Este lunes, 17 de noviembre, comenzaré con la sesión de Fisioterapia; el miércoles continuaré con Neuropsicología y Terapia Ocupacional. La media de edad de los usuarios ronda los setenta y cinco años.
Mi querido hermano Chemi, de mi misma quinta —casi sesentón—, sufrió un ictus hace veinte años y acude en Santiago a un centro similar. Con su habitual sorna, suele quejarse de la avanzada edad de los asistentes.
Ya he participado en dos sesiones previas de evaluación, necesarias para determinar qué terapias se ajustan mejor a mi estado.
Como soy un poco adicto y los nervios del primer día me han jugado su papel, me he fumado cinco porros. Estoy, por tanto, moderadamente feliz.
Soy ya veterano en estas lides terapéuticas. Y, guiado por mi hija Julia, confío en descubrir si todavía es posible mejorar.
El coste es elevadísimo. Y esto confirma algo que me inquieta: los pobres post-traumáticos lo tienen mucho más difícil que quienes sufren un trauma económico, pero disponen de recursos para pagarlo.
Mi preocupación inmediata es otra: necesito orinar cada veinte minutos. O, en su defecto, mearlo encima.
leopoldo
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