Quedé con Jose, el taxista, tras la comida en el comedor social. Desde allí me dirigí a Adececo, la ONG especializada en daño cerebral, donde tenía cita con la neuropsicóloga Jesy. Joven, cercana y encantadora, me recibió con una mezcla de profesionalidad y calidez que agradecí desde el primer minuto.
Después de hablar de mi TCE y de la rehabilitación que estoy siguiendo, realicé una batería de pruebas de memoria reciente. Gracias a mi retentiva literaria y a ese impulso creativo que siempre me acompaña, me desenvolví sorprendentemente bien. Convertí cada palabra que debía memorizar en pequeñas historias; y Jesy, siguiendo pacientemente mis asociaciones narrativas, fue guiándome en el proceso. El resultado: un éxito rotundo y, para mí, un curioso ejercicio de escritura aplicada.
Jesy estaba acompañada por una joven voluntaria que disfrutó especialmente con mis invenciones y mis apuntes biográficos. Apenas terminé, pasé a terapia ocupacional con Luisana, quien se encargó de ayudarme a reorganizar las rutinas cotidianas para estimular las zonas dañadas del cerebro. Repasamos las tareas en las que suelo encontrar dificultades y, entre risas, me propuso afeitarme en clase para trabajar la motricidad fina, además de varias actividades adicionales. Le hablé de mis alumnos árabes, de mis páginas literarias y, por lo visto, me convertí en uno de sus pacientes más entretenidos.
Confieso que me enamoré un poco de ambas terapeutas. No solo por su belleza, sino por su apabullante profesionalidad y la manera en que transforman cada sesión en un espacio humano y reparador.
Los médicos me salvaron la vida; pero será Adececo quien me devuelva, paso a paso, a la vida social.
Cuando terminé, me esperaba mi querido Jose, el taxista. Él será quien me lleve y me traiga por veinte miserables euros; un precio modesto para la tranquilidad —y la compañía amable— que me ofrece.
leopoldo
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