Bienvenida a la tienda apache de los Suárez-Vence por Navidad.
Con una pila de papeles quemados a la puerta, a modo de hoguera, los tres menores Suárez-Vence —Javi, Kiko, leopoldo y Chemi— disfrutaban de la tienda de campaña que los Reyes Magos tuvieron a bien entregar en la calle madrileña General Moscardó.
Javierito, que era el jefe, organizaba y apilaba las armas a la vera de la nueva vivienda. Había una zanja para las necesidades fisiológicas. Chemi trataba de dar cabida a sus monstruosos pies y no dejaba de devorar tabletas de chocolate Suchard. leopoldo, en esta ocasión, era el invitado de honor, pues traía consigo a dos invitados: Laura y Manuel.
La cena fue fabulosa: capón de Villalba, obsequiado por la tía Susana.
Manuel y leopoldo apestaban a la peña, fumando hachís, inmersos en una nube tóxica a la que había dado entrada el champán francés.
La Paca estaba absolutamente borracha. Tras quince copas de champán, había pasado al whisky.
Alegraba la fiesta Serrat y la bandeja de turrones que la malagueña había compuesto con femenina maestría.
Los turrones se habían adquirido esa misma mañana en una tienda de turrones artesanales del Madrid castizo.
La Paca, antes del condumio navideño, había ingerido cuatro Biomanán de chocolate para no abandonar el régimen, y se peleaba por embutirse en el carísimo traje navideño.
El Bellocino se mamaba de cerveza en la Fontana y, como todos los años, regalaba una raqueta de tenis a Javierito, con el objeto de que perfeccionase su revés a dos manos. Laura regalaba al Bellocino libros de su inamovible Alberti y a los menores, Joyas Juveniles Ilustradas.
Laura trataba de eludir los whiskies que la Paca insistía en que se tomase a pares, pero fracasaba estrepitosamente.
Manuel estaba absolutamente drogado con leopoldo.
La Paca, mamada como un marinero, se retiraba dando tumbos a su cama, donde se instalaba con una fuente de turrones.
Y el Bello hablaba de Santa Comba. Y recitaba a Alberti.
Paca, antes de retirarse a su lecho mortuorio, hablaba por teléfono con Enrique, que ya llevaba quince whiskies, y con Azulita: «Esa mujer sin igual», decía Paca.
Javierito, azuzado por leopoldo, establecía estrategias para que Laura y Manuel no perdiesen su casa.
Pero acabado el convite, la poesía reaparecía cuando los tres menores y los Usagi se acoplaban en la tienda apache.
leopoldo
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