Su trabajo como editora era, económicamente, un desastre.
No acababa de animarse a volver al mundo de la dirección hotelera.
La ayuda por la discapacidad que sufría tampoco llegaba.
Momento idóneo para la aparición del singular leopoldo.
Fue él quien animó a la Lore a alquilar un local y montar una pastelería.
Merengues que se crecían hasta el techo.
Palmeras glaseadas.
Croissants.
Petit fours.
Pasteles de manzana.
La Lore se pasaba horas sentada con leopoldo, contemplando cómo se inflaban los pasteles.
Y, claro, tenía la merienda gratis.
Pero el duende fundamental estaba en otra parte:
distribuir dulces entre abuelos y nietos.
Repartía felicidad.
leopoldo
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