Herencias

Publicado el 19 de enero de 2026, 12:54

Las herencias no empiezan cuando alguien muere. Empiezan antes, cuando el dinero decide desde dónde se mira al otro.

He vivido situaciones pequeñas que lo dejan al descubierto. Sospechas por cantidades mínimas. Miradas que calculan. Como si quien no tiene patrimonio fuera, por definición, vulnerable. O peor: sospechoso. El pobrecito al que hay que vigilar.

Curiosamente, esa mirada suele venir de quienes han vivido siempre con red. De quienes saben que algo llegará. De quienes confunden estabilidad con mérito y herencia con esfuerzo. No lo dicen así, pero lo creen.

He visto cómo una vida sostenida por una herencia se considera normal, mientras que una vida levantada a pulso se percibe como frágil. Como si luchar fuera un defecto. Como si no tener fuera una señal de incapacidad moral.

A mí me parece al revés. Pobres no son quienes luchan cada día sin respaldo, sino quienes esperan. Quienes viven pendientes de lo que les tocará. Quienes creen que por trabajar con la familia ya han merecido algo que nunca fue suyo. Eso no es justicia. Es relato. Y es un relato cómodo.

Las herencias sacan a la luz esa confusión. Hermanos que dejan de hablarse porque los padres decidieron dejar más a uno que a otro. Como si el afecto tuviera que repartirse en porcentajes. Como si amar fuera una obligación contable.

Yo pienso que los padres pueden dejar lo que quieran a quien quieran. Por cuidado, por cercanía, por historia compartida. No por sangre. No por simetría. No por miedo a la envidia.

La verdadera desigualdad no está en recibir más o menos dinero, sino en no haber aprendido a sostenerse sin él. En no saber caminar sin respaldo. En mirar siempre al otro desde la sospecha.

A veces creo que hay herencias que pesan más que las económicas. La incapacidad de confiar. La idea de que todo se debe. Esa sí es una herencia difícil de remontar.

 

 

leopoldo

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