Trabajo desde hace tres años en un burdel de San Luis.
Cobro 50 euros la media hora. Hay otras tarifas, pero esta es la más habitual.
Gasto una media de ocho preservativos al día, que, por cierto, tengo que pagar yo misma.
Cristian, el proxeneta, se queda con más de la mitad de lo que gano.
Lo peor es cuando algunos clientes buscan prácticas que me resultan dolorosas o humillantes. Si pagan bien, no siempre podemos negarnos.
Tengo una hija en Colombia, viviendo con mis padres, a quienes envío dinero todas las semanas.
Mientras el dinero llegue para mantener a la pequeña Silvia, supongo que podrán soportar el deshonor de tener una hija en este oficio.
Lo mejor es cuando me toca Leopoldo como cliente. Con él se puede hablar de todo. Además, es amable y cercano.
Es el único que se preocupa por que no seamos solo un cuerpo, sino una persona.
leopoldo
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