Un joven corre por una calle de Teherán y, al cruzarse con un clérigo, le arranca el turbante de un manotazo. El gesto es breve. El símbolo, evidente.
Las nuevas generaciones cuestionan valores tradicionales que perciben como rígidos. Salma, activista feminista, describe una ciudad donde circulan preservativos y DIU en redes informales. Las parejas jóvenes se muestran en público, mantienen relaciones antes del matrimonio y comparten espacios de protesta.
Acuden juntos a manifestaciones, pintan consignas en los muros y reaccionan cuando el régimen restringe libertades. Quienes han pasado por prisión adquieren reconocimiento social. El hiyab, obligatorio por ley en la Irán posrevolucionaria, termina a menudo relegado al ámbito privado en determinados entornos urbanos.
Existe una corriente cultural joven —escritores, cineastas, pintores— que opera en los márgenes. No es mayoritaria, pero es constante.
Las mujeres ocupan un lugar central en el sistema educativo y obtienen, de forma sostenida, mejores calificaciones académicas. Sin embargo, su presencia en puestos directivos sigue siendo reducida. La diversidad sexual gana visibilidad en círculos urbanos, pese a las restricciones legales y sociales.
Las redes sociales funcionan como canal de difusión y coordinación. Amplifican relatos, conectan grupos y permiten sortear, en parte, la censura.
En el deporte, la competición mixta es excepcional y está sujeta a limitaciones normativas.
Aun así, en muchos hogares, las tareas domésticas y el cuidado de los hijos continúan recayendo mayoritariamente en las mujeres. La transformación avanza, pero convive con inercias profundas.
leopoldo
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