leopoldo levanta la vista desde la mesa y llama al camarero con una educación antigua.
—Verá usted… el PC no me carga la batería y al móvil se le ha estropeado la pestaña de carga.
Lo dice despacio, como si aún esperara que alguien pudiera arreglarlo solo escuchándolo.
Está, según sus propias palabras, desolado e incomunicado. El teléfono apenas funciona: solo conserva el reloj. Para saber la hora, tiene que preguntarla.
—Y claro —añade—, la gente se cree que soy un yonqui y se aparta.
Lo cuenta sin queja, casi con curiosidad, observando la reacción de quienes pasan.
En la mesa hay un café ya frío y un papel doblado. Escribe a mano. Luego buscará la manera de hacerlo llegar.
Hace una pausa y sonríe apenas.
—Menos mal que me queda la poesía… y la Lore.
leopoldo
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