Estaban semiocultas. Daban paso a la piscina, en el chalet de Becerril de la Sierra.
Su belleza irradiaba. Eran lilas.
Faustino las cuidaba como a un hijo.
Yo hablaba con ellas.
Nos contábamos cotilleos.
Eran de una belleza inmensa.
Ellas me enseñaron la poesía,
una de las pocas disciplinas que merecen la pena en este mundo.
Luego conocí a los inmigrantes y a la Lore.
Entonces ya eran tres las estéticas a las que agarrarse.
leopoldo
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