Medicina del alma

Publicado el 24 de agosto de 2026, 7:15

Fumaba hachís cinco veces al día. No llevaba la cuenta por preocupación, sino para calcular cuánto necesitaba.

Las dos últimas eran antes de acostarse. Decía que sin ellas no podía dormir. Cuando se quedaba sin hachís, aparecían la inquietud, el mal humor y una incapacidad casi completa para concentrarse.

Él decía que le faltaba calma.

Nunca decía que le faltaba una droga.

Años atrás había abandonado otras sustancias. Consideraba aquello una victoria y utilizaba el recuerdo para defender su consumo actual. El hachís era distinto. Le ayudaba a descansar, le abría el apetito y, según él, también le permitía escribir mejor.

Conocía su relación con el mercado negro y los delitos que rodeaban su venta. También había escuchado que podía ser la entrada a otras drogas. Frente a eso, repetía que en algunos lugares de Marruecos su consumo se entendía con la misma naturalidad cultural que el vino en España.

Mohamed le había contado que se lo daban a su abuelo para ayudarlo a dormir. Musta hablaba del cultivo, la recolección y la elaboración. Un día utilizó una expresión que a él le pareció perfecta:

«Medicina del alma».

Desde entonces la hizo suya.

Aquellas palabras le permitían hablar del hachís sin mencionar la dependencia. Una medicina se toma porque se necesita. Nadie tiene que disculparse por necesitarla.

Más de una vez decidió pasar un día entero sin fumar. Por la tarde ya estaba intentando conseguirlo. No sucedía nada extraordinario. No había peleas, detenciones ni escenas violentas. Solo una persona organizando su jornada alrededor de una sustancia.

Con el tiempo dejó de saber si fumaba para escribir o si escribía para justificar que fumaba.

Una tarde reconoció que ya no elegía. Podía decidir la hora, la cantidad y el lugar, pero no podía decidir prescindir de ello.

No abandonó el hachís aquel día. Las personas rara vez cambian al final de una historia.

Al menos dejó de llamarlo medicina.

 

leopoldo

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