El mes que viene cumplo sesenta años.
Veinte de ellos los pasé gilipollas.
No es una manera de hablar. Un accidente de tráfico, un traumatismo craneal y la mala costumbre de seguir vivo cuando parecía que no tocaba. Desde entonces, cuando hago cuentas, nunca sé muy bien qué años son míos y cuáles pertenecen al golpe.
A los sesenta uno empieza a hacerse preguntas bastante inútiles.
Por ejemplo:
—¿Cuándo fuiste feliz?
No «más feliz». Eso suena a encuesta. Feliz de verdad.
En la India.
Fui allí a trabajar como voluntario con la Madre Teresa de Calcuta. Perdí más de cuarenta kilos y estuve un año cagando sangre.
No parece, contado así, una época especialmente feliz.
Lo fue.
El cuerpo estaba hecho una ruina y, sin embargo, yo estaba bien. Hay cosas que uno comprende demasiado tarde: que el cuerpo y el alma no siempre viven en la misma casa.
Volví flaco.
Antes jugaba de pilier al rugby. Con aquel cuerpo nuevo ya no tenía demasiado sentido seguir empujando como un animal en primera línea, así que pasé a segunda. No debí de hacerlo mal. Acabé jugando en primera división universitaria con el CAU.
Pero de la India no regresó solamente otro cuerpo.
Regresó otro hombre.
Eso, al menos, me gusta pensar.
Desde entonces quedé comprometido con eso que llamábamos «países en desarrollo», una expresión bastante cómoda para nombrar la desgracia ajena. Han pasado más de cuarenta años. He dado clases de español a inmigrantes, he sido presidente de la ONG Ecos do Sur y también vocal de prensa.
Ahora vivo con dos marroquíes a los que he acogido en mi piso.
Cuarenta metros cuadrados.
No es mucho.
Cabemos.
También he escalado.
Quizá por eso nunca he conseguido pensar la vida como un camino. Los caminos permiten distraerse. Una pared no.
En una pared miras hacia arriba, buscas dónde poner la mano y decides. A veces encuentras una grieta. Otras veces no hay nada.
Entonces esperas.
O caes.
Escribo también.
Durante años pude decir que escribía porque era periodista. Era una explicación razonable y, por tanto, falsa.
Escribo porque soy poeta.
Me interesa Juan de la Cruz, su manera de entrar en la oscuridad sin pedir que enciendan la luz.
Pero, sobre todos, Leopoldo María Panero.
Quizá porque nunca tuvo demasiado interés en salir de ella.
leopoldo
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