Hachís, la medicina del alma

Publicado el 1 de octubre de 2026, 22:31

HACHÍS: LA MEDICINA DEL ALMA

Musta, que fue alumno mío, lo llama «la medicina del alma».

No está mal dicho.

Yo podría hacer una lista.

Diría que relaja.
Que abre el apetito.
Que ayuda a dormir.

Diría también que favorece la risa, una risa lenta y algo socrática, de esas en las que uno termina sin saber muy bien de qué se estaba riendo.

Podría añadir cosas más íntimas.

Que el deseo dura de otra manera.
Que el tiempo también.

Y después está la escritura.

Uno fuma y cree que escribe mejor.

Este detalle es importante: lo cree.

Las ideas parecen extraordinarias a las tres de la mañana. A las diez, con café y sin hachís, algunas han perdido bastante.

Otras sobreviven.

En Marruecos he visto a hombres mayores fumar antes de acostarse. Después desaparecen.

Duermen.

Yo los imagino ocho o diez horas más tarde levantándose descansados, aunque seguramente esta parte pertenece más a mi literatura que a sus noches.

El hachís también tiene una vida social.

Hay conversaciones que empiezan porque alguien tiene. Gente que se conoce. Gente que se queda. Camellos que durante un rato parecen amigos y amigos que, algunas veces, resultan ser únicamente camellos.

Y está Marruecos.

Quizá por eso lo he asociado tanto a una cultura que me atrae, aunque sería absurdo confundir una cosa con la otra. Marruecos es infinitamente más grande que el humo que yo he querido encontrar allí.

A veces leo después de fumar.

Narrativa.

Poesía, sobre todo.

Los versos parecen abrirse un poco más.

O quizá sea yo el que se abre.

No sé.

Musta lo resolvió mejor que yo:

—Es la medicina del alma.

Me hizo gracia cuando lo dijo.

Todavía me la hace.

Porque las almas, hasta donde sé, no tienen farmacia.

Y algunas medicinas tampoco curan.

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