Sensual.
Sensible.
Dedicada —en cuerpo y alma— a los nuevos creadores.
A los que escriben sin cenar.
A los que publican con la esperanza del milagro.
A los que esperan los 2.400 euros de Leopoldo
como si fuesen un amanecer.
Queridos: sin dinero no hay Poesía.
No nos engañemos.
El verso nace del espíritu, sí,
pero se escribe con manos que también tienen que comer.
Y esto —aunque duela—
se parece mucho a la prostitución:
donde el amor, la entrega y la creatividad
se miden por horas.
Euros, lo jodéis todo.
¿Qué vale un verso?
¿Qué vale un relato?
2.400 euros.
El espíritu —claro— no entiende de economía.
Flota.
Desborda.
Se eleva.
Pero aquí estamos,
en la sociedad capitalista occidental,
donde hasta el silencio tiene precio
y una lágrima puede costar el doble si se llora en público.
Cojo a la Lore por las coletas
y me la llevo a Uarzazate, a Benarés, a Tailandia:
lugares donde el dinero pesa menos
y la mirada no cuesta.
Recuerdo:
“Leopoldo barbero en Calcuta”
acogido por la Unión de Escritores,
como quien recoge a un hijo que vuelve derrotado
pero con la dignidad intacta.
Y aquel paseo por el Himalaya,
captado por tus ojos, Leopoldo,
que aún se empeñan en creer
que lo esencial no puede ser cuantificado.
Te lo digo con el amor más afilado:
Outsider.
Autoexpulsado.
Hermoso loco.
Pero dime, Leopoldo:
¿en qué mundo crees que vives?
Aquí todo vale dinero.
Y cuanto más bello, más caro.
Incluso el espíritu.
Incluso tú.
¿Y esa mirada de Sunita Baby en Calcuta?
¿Ese brillo inmaculado?
Pues también, cariño, también se paga.
Porque cuando la niña crezca
quizá necesite gafas.
Y LAS GAFAS SON CARÍSIMAS.
Firmado,
la Lore que aún espera.
La que ama a los creadores.
La que escribe desnuda de dinero
pero llena de fuego.
leopoldo
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