El Abuelo Tacañón

Publicado el 10 de noviembre de 2025, 15:03

A Pepe siempre le brillaban los ojos cuando se trataba de monedas. Era como si, al tintinear en su mano, adquiriesen un valor ceremonial.
—Toma, nieta, 1,20 €. Y me traes el ABC.
—Pero, abuelo, cuesta casi tres.
—Lo sé —decía, sin soberbia ni duda—. Pero a ti siempre te hacen descuento. Porque eres mi ratita dulce.

Su lógica era insondable, no por compleja, sino porque descansaba en un principio que él consideraba irrefutable: la vida siempre puede ajustarse un poco más.

Si no fuera por Juli, aquello habría sido un evangelio doméstico.
Ella era la diplomática oficial del hogar: traductora simultánea entre la realidad y las teorías financieras de Pepe.

Un año, convencido de que la Navidad era un exceso económico sin control, propuso instaurar un Cupo Familiar Navideño: los yernos debían ingresar, por adelantado, el equivalente aproximado a lo que pensaran devorar en cenas y almuerzos. “Aquí —sentenciaba— el jamón se corta fino, pero se traga grueso”.
Eso sí: a las nietas las invitaba él. Y Cristina, siempre, a su lado en la mesa. Eso era innegociable.

Se movía entre billetes con una naturalidad que nadie más tenía; había pasado media vida en un banco, y quizás por eso entendía el dinero como un ser vivo: algo que se cuida, que se doma, que se retiene cuando quiere escapar.

La historia más sonada en el barrio fue aquella de las tarjetas de descuento para unos grandes almacenes. La dirección que figuraba resultó ser la de una madame de O Portiño.
No fue estafa, no. Fue, según él, “una promoción con efectos secundarios”. Y si no es por Juli, probablemente habría terminado montando una rueda de prensa explicativa.

A Juli lo enamoró algo que el mundo consideraría menor: Pepe jamás dejó un calzoncillo tirado en el baño. Jamás. Orden, estructura, dignidad íntima. Así se construyen templos invisibles.

Un día ella lo encontró en la cocina, limando la suela de los zapatos con una herramienta que Eusebio había dejado tras arreglar una persiana.
—Para equilibrar el desgaste —explicó él—. Así duran más y caminas con el eje centrado.
Como si la vida dependiera de un milímetro de caucho.

Era, en verdad, un hombre de recursos nacidos de la carencia.
Clase media-baja con una ética rigurosa de supervivencia:
El mundo puede ser cruel, pero uno debe mantenerse digno.
Peor sería en Biafra, decía. Y así se acababa cualquier discusión.

Una vez convenció a los amigos de Julia para que aportaran veinte euros cada uno como contribución simbólica al amor eterno.
Lo dijo tan serio, tan ceremonioso, que todos pagaron con una mezcla de risa y respeto.

Y ahí está la clave.

Pepe podía ser absurdo. Podía ser exagerado. Podía ser tacaño hasta límites cósmicos.
Pero cada una de sus maniobras —torcidas, creativas o incomprensibles— nacía del mismo centro luminoso: el deseo de sostener, proteger, durar.

En su manera de apretar los gastos convivía una ternura radical:
Creía que lo que se cuida se conserva
y lo que se conserva no se pierde.

Lo ridículo, a veces, también es una forma de amor.

 

 

EPÍLOGO — JULI

A veces me preguntan cómo lo aguanté tantos años.
Yo sonrío. No sé si fue paciencia o simplemente saber mirar.

Porque la gente solo veía lo evidente:
el cálculo, la moneda controlada, la mirada siempre atenta al céntimo.
Y es cierto, era así.
Pepe podía discutir el precio de una barra de pan como si estuviera negociando un tratado de Estado.

Pero yo veía otra cosa.

Veía al niño que fue.
Al que aprendió pronto que las cosas se pierden, que la vida se rompe fácil,
y que lo poco que uno tiene hay que cuidarlo como si fuera un tesoro.

Su tacañería no era mezquindad.
Era miedo.
Miedo a que la vida se deshiciera de nuevo entre los dedos.

Y también era orgullo.
Un orgullo firme, obstinado, de querer mantener la casa en pie.
La familia en pie.
La dignidad, siempre en pie.

Yo lo conocía bien:
cuando guardaba el dinero, lo hacía para que nunca faltara pan en esa mesa.
Y cuando no gastaba en él, era porque quería reservar para las nietas,
para que nadie las mirara con lástima,
para que siempre tuvieran algo seguro.

Eso no lo entiende cualquiera.

Por eso, cuando me dicen “vaya carácter”, yo respondo:
Sí.
Vaya carácter.
Pero también vaya corazón.

Uno enorme, torpe, indomable.
Que amaba mal a veces, sí.
Pero amaba con fuerza.

Yo viví con él muchos años, y aprendí una cosa que no se olvida:

Hay personas que no dicen “te quiero”.
Lo administran.
Lo racionan.
Lo guardan, para que dure.

Y puede que al final eso sea el amor:
la forma en que uno intenta que la vida no se rompa.

 

leopoldo

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