Lore, Escaladora en Solitario

Publicado el 27 de noviembre de 2025, 15:05

La vendieron por unos cientos de euros.
Y ahora, quienes deberían asistirla se niegan a tenderle la mano en una situación límite.

Pero la Lore renacerá. Como el ave fénix.

Hace no tanto yo mismo atravesé un abismo semejante. Para sobrevivir me convertí en un escalador deportivo en solitario. Me entrenaba en el rocódromo de la Ciudad Universitaria de Madrid; a falta de otra cosa, en los marcos de las puertas y en las duchas del colegio mayor. Perdí cuarenta kilos. Gané espíritu.

Y aprendí a fiarme sólo de Leopoldo: había que entrenar sin concesiones. Poco después ascendía, en solitario, vías de séptimo grado.
Otra tolemia de Kiko, murmuraban algunos.
No entendían nada.

Porque cuando luchas en solitario descubres que las zancadillas ajenas dejan de importar. Sólo cuentas tú. Si caes, te haces polvo tú solo; si subes, también es mérito tuyo. Ese es el trato.

La escalada dejó de ser un deporte: se transformó en una filosofía. Terminé recorriendo España pared a pared—Patones, La Cabrera, la Ciudad Encantada de Cuenca—y, más tarde, los Alpes y el Himalaya. Me sentía invulnerable, no por el cuerpo, sino por el espíritu.

El éxtasis más profundo lo viví en los Alpes, cuando advertí que progresaba con una chapa menos y que no tenía vuelta atrás. Tocaba arriesgar. Y aun así coroné. Besé la cima con la certeza de que había estado al borde del desastre y, pese a todo, llegué. Sólo con mis manos y con Leopoldo como guía.

La vida es una pared caprichosa, con grados que cambian sin avisar. Pero siempre exige lo mismo: resistir, ascender, no mirar abajo.

Mi querida Lore conoce ese camino. Es una escaladora veterana del alma.
Debe fijar la vista en las paredes que ya dejó atrás y continuar el ascenso.

Siempre hacia arriba.
Siempre.

 

 

leopoldo

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