Prenda que marcaba pertenencia.
La koreana era el chubasquero común. Protegía de la lluvia constante y se llevaba casi todo el año. Algunos estudiantes, como Richard, no se la quitaban nunca. La capucha quedaba pegada al rostro y, cuando fumaban, el humo salía despacio, retenido por la tela húmeda.
Era una forma discreta de distinguir clases.
Los alumnos de familias acomodadas la despreciaban y preferían los plumas. Sin embargo, en el Sagrado Corazón la cuota escolar ya señalaba el origen social. La ropa apenas cambiaba eso.
La koreana tenía una ventaja simple: no se empapaba. Era una prenda sobre todo masculina. Cuando la llevaban ellas adquiría un aire austero, casi militar. En los percheros se confundían unas con otras; muchas eran iguales.
En el instituto Sánchez Cantón la vestía casi todo el mundo. Los plumas resultaban caros y poco prácticos. Allí coincidían alumnos de clase media y trabajadora, incluidos quienes habían abandonado o sido expulsados de centros privados y encontraban en la educación pública un lugar más abierto.
Las botas de piel completaban el conjunto, aunque no todos podían permitírselas. Ese detalle volvía a marcar diferencias.
Muchas de aquellas koreanas eran de la marca PUEBLO.
leopoldo
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