Pies de gato.
Arnés.
Chapas.
Estaba en los Alpes.
Claudia Rugüé me esperaba en el hotel.
Estaba agotado. Respiraba forzado.
Un fuego me recorría por dentro.
Escalaba en solitario.
Iba cosiendo la vía 7-B.
Aparecían recuerdos.
También el miedo.
Un pánico que, sin embargo, no detenía el ascenso.
«Ten cuidado», me había dicho Claudia en el desayuno.
Me aferraba a cada relieve.
Los pies de gato buscaban apoyo.
Tiraba de pies. Exploraba con las manos.
Iba solo.
Con la muerte cerca.
Pero leopoldo seguía. Sin pensar.
La vida se manifestaba en cada movimiento.
Y ya nada importaba.
Era solo la lucha por seguir.
Recordé lo aprendido en el rocódromo de la Ciudad Universitaria de Madrid.
Las mallas. El forro polar.
Quedaba poco.
La vía la descendería en rápel.
Entonces llegó ese momento.
Hice cima.
El aire era más limpio.
Pensé en los míos.
Claudia podría haberse llevado un muerto.
Pero no fue así.
leopoldo
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