—¿De dónde vienes?
—De Darfur.
—¿Cuánto hace que saliste?
—No lo sé. Días. O semanas. Caminamos hasta que dejamos de contar.
El hombre se sienta. No mira a nadie.
—Han entrado otra vez —dice—. Las FAR. No paran.
—¿Tu familia?
Silencio.
—Uno de cada cinco se ha ido —añade alguien desde el fondo—. Ya no queda casi nadie.
Una mujer con un chal en la cabeza interviene:
—No es que nos vayamos. Es que nos empujan.
Un cooperante de Médicos Sin Fronteras limpia una herida con lo que tiene a mano.
—Seguimos trabajando —dice—. Mientras se pueda.
—¿Se puede?
—A veces.
A lo lejos suena algo. Nadie pregunta qué es.
—Han atacado hospitales —dice otro—. Los pocos que quedan.
—Llegar ya es difícil —responde una voz joven—. Y cuando llegas, no sabes si siguen abiertos.
—Bombas. Disparos. —Alguien enumera—. Y papeles que dicen que no puedes pasar.
—Zonas prohibidas —corrige otro.
El cooperante no levanta la cabeza.
—Faltan médicos —dice—. Faltan medicamentos. Falta todo.
—Sobra miedo —dice la mujer.
Nadie discute.
—Cruzan el Nilo —añade el hombre que llegó primero—. Bombardean desde allí.
—¿Y la gente?
—Corre.
Un silencio más largo.
—También hay otras cosas —dice la mujer, más bajo—. Violencia. Contra las mujeres.
Nadie le pide que continúe.
—Luego llegan aquí —dice el joven—. Y no hay nadie para escuchar lo que llevan dentro.
—Ni para tratarlo —añade el cooperante—. Las heridas que no se ven.
El viento levanta polvo. Todo parece detenido.
—El desierto no pregunta —dice alguien.
—El hambre tampoco.
—Ni el dinero —añade otro—. No hay.
El cooperante termina de vendar.
—¿Duele?
—No —responde el hombre—. Ya no.
Se miran sin mirarse.
—Cada vez hay menos organizaciones —dice el joven—. Se van.
—O no pueden entrar —corrige el cooperante.
—El silencio —dice la mujer— es peor que el ruido.
Nadie responde.
leopoldo
Añadir comentario
Comentarios