Cógele flores a Azulita

Publicado el 1 de abril de 2026, 17:08

—Cógele flores a Azulita —dijo— o te doy una hostia.

Fue en el portal de Santa María.
Enriquito hablaba despacio, sostenido en su cojera pesada, como si cada paso tuviera que pensarse.

El niño lo miró sin entender del todo.
Frágil. Correcto. Demasiado correcto para ese lugar.

—No… no quiero.

Y se echó a llorar.

Enriquito lo observó un momento.
Algo cedió, apenas.

—A la Victoria le gustaría —murmuró, más para sí que para el niño—. Un ramillete. No cuesta nada.

El llanto siguió.

—Ya estás tardando, gilipollas.

No levantó la voz.
Solo lo dijo.

El niño fue.

 

Todo estaba previsto.

—¿El cocinero?

—En la cocina.

—¿Y los cubanos?

—Esperando.

Un senegalés sin papeles movía las manos sobre una olla.
Dos bailarines, quietos, aguardaban instrucciones que aún no existían.

—Bien —dijo Enriquito—. Que todo esté en su sitio.

 

—Súbete.

Victoria no preguntó.

Se dejó caer en el carrito del Pryca.
Recién robado. Ruedas torcidas. Metal frío.

—¿Así?

—Así.

Le dio un vaso.

—Ginebra con Coca-Cola.

—Gracias.

Victoria se acomodó.
Apoyó los brazos. Miró al frente.

—Vamos.

Empujaron.

Azulita caminaba al lado, sin saber si iba o era llevada.
El pueblo pasaba despacio.
Nadie decía nada.

—¿Te gusta? —preguntó Enriquito.

—Sí —dijo ella, sin mirar.

El hielo chocó dentro del vaso.

 

A la vuelta, el carrito quedó apoyado contra la pared.

—Ya está —dijo alguien.

—Ya.

Enriquito entró.
Encendió el ordenador.

—¿Funciona?

—Sí.

Se sentó.
Esperó a que cargara.

La pantalla se iluminó.

—Amaya —dijo.

Y repitió, más bajo:

—Amaya.

La llamada de Skype empezó a sonar.

 

 

leopoldo

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