—He tomado una decisión —dijo Enriquito—. Me voy a Teherán.
—¿A Teherán? —preguntaron—. ¿Ahora?
—Ahora. Quiero probar la gastronomía callejera iraní.
—No es el mejor momento —le advirtieron—. Hay bombardeos.
—Precisamente por eso —respondió—. Los billetes están tirados.
—¿Y qué has encontrado allí?
—De todo. Cerezas ácidas. Batidos espesos. Frutas de sabores exóticos.
—¿Raros?
—Sí. Intensos. Distintos.
—¿Y eso es bueno?
—Según Mohamed, sí —dijo Enriquito—. Baja la tensión, reduce el colesterol y ayuda al tránsito.
—¿Quién es Mohamed?
—Un catador que me acompañaba.
—¿Algo más?
—Helados con yema de huevo.
—Eso ya suena peor.
—No. Sorprendentemente excelentes.
—¿Y pan?
—Sí. Entré en una panadería tradicional.
—¿Y qué hiciste?
—Metí un taftan en un horno manual. Veinte minutos después tenía pan recién horneado.
—¿Tú solo?
—Sí.
—¿Y los postres?
—Lo mejor.
—¿Qué probaste?
—Soján. Azafrán, huevos, azúcar, pistachos y almendras.
—Eso ya es serio.
—Con té. Muy bien.
—¿Y los kebaps?
—También. Brochetas con carne y verdura.
—¿Algo más?
—Kubide. Cordero macerado. Doogh. Lokme. Negine.
—No te has dejado nada.
—Casi nada.
—¿Y la gente?
—Amable. Muy amable.
—¿Cuánto tiempo estuviste?
—Una semana.
—¿Seguro?
—No. Cuatro.
leopoldo
Añadir comentario
Comentarios