La Cuarta Planta era un lugar cerrado.
Tiempo detenido.
Hospital Universitario de Pamplona.
Psiquiatría.
Yo estaba dentro.
Angustia. Ansiedad.
Un diagnóstico que no sentía del todo mío.
Desde la ventana veía el aula de Medicina.
La vida seguía fuera.
Yo no.
Pero ese día cambió el ritmo.
Nos íbamos de excursión.
La Taconera.
Jardines.
Parecía poco.
No lo era.
En el autobús, silencio.
Cada uno en lo suyo.
Erminio miraba fijo.
—Esto es una estafa —dijo—.
Mi madre ya me avisó.
Nadie respondió.
Llegamos.
—No os separéis —indicaron.
Bajamos rápido.
Como si aquello fuera una fuga.
Yo salí el cuarto.
Un grupo de turistas nos miró.
Con distancia.
No sabían qué hacer con nosotros.
Ni nosotros con ellos.
Los monos fueron lo mejor.
Sin discusión.
Les dimos bananas.
Se acercaban sin miedo.
El león estaba quieto.
Me recordó a Enrique.
No supe por qué.
Fredo intentaba tocarse la nariz con la lengua.
Insistía.
No lo consiguió.
Ernesto se acercaba a la gente.
—Soy agente secreto —decía—.
No tenéis nada que temer.
Algunos sonreían.
Otros se apartaban.
Se notaba quiénes éramos.
Un grupo.
Marcado.
Pero ese día no pesaba igual.
Había aire.
Había espacio.
No estábamos encerrados.
Eso bastaba.
Al volver, todo siguió igual.
Pasillos.
Horas lentas.
La lucha de siempre.
Pero algo había cambiado.
Muy poco.
Suficiente.
Entendí que no hacía falta salir del todo
para sentir un momento de vida.
Que incluso allí,
entre medicación y paredes,
podía aparecer algo limpio.
Un gesto.
Un animal.
Una risa.
Y sostener.
Desde entonces,
cuando todo se cierra,
busco eso.
No la salida.
El instante.
leopoldo
Añadir comentario
Comentarios