Hay quien teme la enfermedad.
Hay quien teme la pobreza.
Yo creo que mucha gente teme, sobre todo, quedarse sola.
Imaginen un desierto.
Días enteros sin una voz humana.
Sin una mirada.
Sin nadie a quien contarle que hace calor o que se ha puesto el sol.
Al principio hablaríamos con nosotros mismos.
Después, con las piedras.
Y, finalmente, con los cactus.
Porque el ser humano necesita comunicarse.
Necesita ser escuchado.
Y necesita sentir que existe para alguien.
Por eso la soledad duele tanto.
No la física.
La otra.
La que aparece incluso cuando estamos rodeados de gente.
Hay personas que viven acompañadas y, sin embargo, se sienten profundamente solas.
Porque la compañía no siempre crea vínculo.
Y sin vínculo no hay refugio.
Los terapeutas lo saben bien.
Por eso insisten tanto en la socialización.
En los grupos.
En las actividades compartidas.
En salir de casa.
Porque muchas veces la recuperación comienza cuando alguien vuelve a sentirse parte de algo.
De una conversación.
De una amistad.
De una comunidad.
Mientras tanto vivimos en una época extraña.
Nunca fue tan fácil comunicarse.
Y nunca pareció tan difícil encontrarse.
Hay jóvenes que pasan horas frente a una pantalla.
Jugando.
Mirando.
Deslizando el dedo.
Y, sin embargo, cada vez más personas dicen sentirse solas.
Quizá porque la conexión no es lo mismo que la cercanía.
Y un mensaje no sustituye una presencia.
Ahora bien.
También existe otra soledad.
La elegida.
La que uno encuentra caminando por la montaña.
La de los refugios.
La de los amaneceres lejos de todo.
Yo la he conocido.
Y no tiene nada que ver con el abandono.
En aquellos vivacs, bajo las estrellas, no necesitaba hablar con nadie.
Me bastaba el paisaje.
Me bastaban los pensamientos.
Me bastaba estar.
Por eso desconfío de quienes condenan toda soledad.
Hay una que destruye.
Y otra que construye.
Una nace de la ausencia.
La otra de la plenitud.
La diferencia no está en cuántas personas nos rodean.
Está en si nos sentimos acompañados.
Incluso cuando estamos solos.
leopoldo
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