La vida quita.
Amores.
Salud.
Proyectos.
Quita incluso aquello que parecía formar parte de nosotros.
Pero ninguna pérdida se parece a la muerte de alguien querido.
Ahí el mundo cambia de tamaño.
El duelo es amor que no sabe dónde colocarse.
Una forma de respeto.
Una conversación que continúa aunque el otro ya no responda.
Pero el duelo puede ser todavía más duro cuando quien se queda está enfermo.
Porque entonces no solo se pierde a alguien.
También se pierde apoyo.
Ritmo.
Compañía.
Hay otras pérdidas.
Una separación.
Una casa que deja de ser nuestra.
Un trabajo.
Un cuerpo que ya no responde como antes.
Un proyecto vital que se derrumba.
La vida no rompe siempre de golpe.
A veces desgasta.
Poco a poco.
Los terapeutas suelen recomendar cierta distancia temporal de aquello que abre demasiado la herida.
No para olvidar.
Para poder respirar.
Guardar una foto.
Cerrar una habitación.
No escuchar todavía una canción.
Cada uno encuentra su medida.
Porque el dolor no desaparece por obedecer una norma.
Se transforma.
Lentamente.
Un día aquello que quemaba empieza a doler de otra manera.
Más honda.
Más limpia.
Y el duelo, que al principio era ausencia, se convierte en memoria.
Entonces el ser querido ya no está delante.
Pero permanece.
De otra forma.
leopoldo
Añadir comentario
Comentarios