Paca, me destrozas.
Ya te has muerto.
Y aun así sigues dando el coñazo.
Cuando escribo de ti, de tus tobillos obesos y tu cuello de cisne gordo, quedo enfermo durante horas.
Con lo psicosomático alterado hasta el extremo.
La gente se muere y deja dulces recuerdos.
Pero tú no.
Tú invades espacios espirituales.
Descompones.
Irritas.
Y dulcificas.
Con tus perlas de baño.
Y tus composiciones gastronómicas pantagruélicas.
Pero, ¿cómo se te ocurre comer chocolate Suchard con salchichón?
Y cuando estoy triste, viene a mi alma la Paca bailando flamenco.
Pero…
No tenías nada que hacer en esta puta vida sino estirarte en el sofá cuán larga eras.
Y vivías con un enfermo: tu marido, que proyectaba hasta las proyecciones.
Y te ponía a jugar al tenis con esa raqueta blanca y azul.
Y claro, te escapabas a comer pinchos de tortilla al bar del Club de Campo.
Pero siempre tenías a Vicky al teléfono.
—Qué sería de Enrique sin Vicky —decías.
Según fue consiguiendo dinero el Bellocino, tu vida se fue enmierdando.
Consiguió mucho dinero.
Y tú te convertiste en una gran mierda.
Pero, ¿dónde coño te has metido?
¿Dónde están tus bailes?
¿Dónde tus pinchos de tortilla?
El que no te echa nada de menos es el portero Serafín, que por fin se ve libre de tus neuróticos encargos.
No puedo decir lo mismo de sor Elvira.
Ella, a pesar de los pedos que se cogía con tus pacharanes, te quería muchísimo.
Muchísimo.
leopoldo
Añadir comentario
Comentarios