Impuesto de donaciones

Publicado el 18 de julio de 2026, 12:16

Impuesto de donaciones o la burocracia del afecto...

Yo pensaba que darle dinero a Hicham para que tirase p’alante sería un gesto sencillo.

Una cosa limpia.

Casi moral.

Uno quiere ayudar a alguien y lo ayuda.

Pero no.

En este país, incluso el afecto necesita expediente.

Primero los abogados.

Luego el contrato de donación.

Después los correos.

Treinta mil correos, calculo yo, aunque tal vez fueran menos y mi alma los haya multiplicado por puro agotamiento.

Y al final, naturalmente, el impuesto de donaciones.

La liquidación del impuesto.

Esa expresión tan seca, tan administrativa, tan poco preparada para entender que detrás de una donación de 20.000 euros no siempre hay patrimonio.

A veces hay cariño.

Hay gratitud.

Hay una manera rara de formar familia.

Hicham y yo hemos atravesado el papeleo como se atraviesa una estación en obras.

Con paciencia.

Con rabia.

Con esa resignación española que convierte cualquier acto humano en una carpeta.

Para descansar de tanta burocracia, hemos decidido irnos a Marruecos en enero.

A conocer a su familia.

A salir un poco de esta vida llena de ventanillas.

Pero he perdido el pasaporte.

Claro.

No podía ser de otra manera.

Lo buscaremos por casa, aunque mucho me temo que no aparecerá.

Los pasaportes perdidos tienen una dignidad misteriosa.

Se esconden como si también ellos estuvieran cansados de cruzar fronteras.

Así que tendré que sacarme otro.

Más burocracia.

Siempre más burocracia.

Mientras tanto, un hermano de Hicham viene también a España.

Le daré clases de español.

Los Azlou son todos muy listos.

Aprenderá rápido.

Me gusta enseñar español a inmigrantes.

No por bondad.

La bondad me parece una palabra demasiado limpia.

Me gusta porque ahí el mundo todavía tiene arreglo.

Una palabra.

Un verbo.

Una frase bien dicha.

Alguien que empieza a nombrar el país donde intenta vivir.

Mis libros con la lore siguen avanzando.

El libro de la Paca está ya en revisión.

Y he terminado la redacción de «Terapeutas», después de una entrevista espléndida con Natalia, directora de ADACECO.

Daño cerebral.

Lenguaje.

Cuidado.

Personas que siguen adelante aunque el cuerpo haya decidido complicarles la vida.

Todo eso también tiene que ver conmigo.

Antes de Marruecos, iré unos días a Barcelona.

Quiero conocer a la Lore.

Y ver a mi hija Julia.

Hay viajes que se hacen por turismo.

Otros, por necesidad.

Este pertenece a la segunda especie.

Mi editora Lore me regañó por irme de putas.

—Son poesía —le dije.

—Poesía para ti. Para ellas es dependencia —me contestó.

Y la frase se quedó allí.

Quietecita.

Cómo se quedan las frases que tienen razón.

Yo podría defenderme.

Podría escribir tres páginas brillantes sobre la soledad, el deseo, el cuerpo, la ternura comprada y todas esas excusas tan masculinas.

Pero no lo haré.

O no del todo.

Porque a veces la poesía es solo el nombre elegante que le damos a una comodidad moral.

Y la lore, que es editora y por tanto peligrosa, lo vio antes que yo.

Así están las cosas.

Un contrato de donación.

Un impuesto liquidado.

Un pasaporte perdido.

Un viaje a Marruecos.

Un libro sobre la Paca.

Otro sobre terapeutas.

Un hermano de Hicham aprendiendo español.

Y yo, en medio de todo, intentando convencerme de que la vida espiritual existe.

Aunque Hacienda no la contemple.

leopoldo.

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