Llevo todo el día sin fumar hachís y tengo un mono de la hostia.
Normalmente fumo cinco porros al día. Los dos últimos, para dormir como un bendito. Algunos de los muchachos magrebíes a quienes acogí se ocupan de conseguirme la «medicina del alma». Cuando se retrasan, como hoy, me pongo nervioso.
Estoy enganchadísimo.
Durante mucho tiempo me he dicho que el hachís me ayuda a escribir. Que tiene alma. Que es el duende sin el cual la prosa y la poesía se vuelven vacías. Fumo, escribo y siento que escribo mejor.
Pero un adicto también escribe sus propias coartadas.
La mía dice que el hachís ayuda a comer, a dormir y a follar; que hay abuelos magrebíes que lo toman para descansar; que, después de un análisis minucioso y muy conveniente, puede que ni siquiera sea una droga.
La verdad es más breve: lo necesito.
Si el hachís es una droga, soy drogadicto. Y si necesito demostrar que no lo es, probablemente lo soy aún más.
leopoldo
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