Jesy es psicóloga y terapeuta de ADACECO.
Guapísima.
Y cruel.
Llega a las sesiones con los ejercicios estudiados como si se presentara a unas oposiciones.
Coloca las fichas.
—Venga, Kiko.
Empiezo.
Me equivoco.
Jesy me mira.
No dice nada.
Ese silencio puede durar tres segundos, pero a mí me parecen veinte minutos.
Su cara dice con claridad:
«Kiko, piensa».
Mi cabeza traduce algo bastante menos elegante.
—No tengo ni puta idea, Jesy.
Ella continúa mirándome.
Finalmente, se apiada.
—Te doy una pista.
Y la pista, por supuesto, funciona.
Yo estoy convencido de que pasa las noches en casa preparando preguntas imposibles con el único propósito de demostrarme que todavía me queda cerebro por recuperar.
—¿Otra?
—Otra.
—Eres una déspota.
Se ríe.
Y cuando Jesy se ríe desaparece la inquisidora y aparece una mujer divertidísima, con un sentido del humor magnífico.
Hasta que coloca la siguiente ficha.
Entonces vuelve la terapeuta.
—Concéntrate.
—Estoy concentrado.
—Pues no lo parece.
Cruel.
Pero extraordinaria.
Porque lo cierto es que, gracias a esos ejercicios que tanto protesto, he recuperado buena parte de la memoria reciente que quedó dañada después del traumatismo craneal que sufrí hace treinta años.
Así que mañana volveré.
Me quejaré.
Me equivocaré.
Jesy me mirará.
—¿Una pista?
—Todavía no, Kiko. Piensa.
Y pensaré.
Porque algunas personas te ayudan precisamente negándose a hacer por ti lo que todavía puedes hacer tú.
Aunque sean unas déspotas.
leopoldo
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