Empecé trabajando con Tomi.
Hachís.
Marihuana.
El Ventorrillo.
Dinero rápido.
Demasiado rápido.
Al principio todo parecía sencillo.
—Esto da pasta —me dijo Tomi.
Y daba.
Entraba mercancía buena. Entraba dinero. Y un día entró también la cocaína.
Probé.
La primera impresión fue casi perfecta.
No había cansancio.
No había miedo.
No había problemas.
Solo una energía absurda que parecía resolverlo todo.
Y enseguida apareció la segunda raya.
Después la siguiente.
Tomi seguía con lo suyo.
—Yo no me meto en más —decía.
Yo sí quería más.
Más negocio.
Más mercancía.
Más dinero.
Más de todo.
Y ahí empezó el verdadero problema.
Me separé de Tomi porque él solo trabajaba hachís y marihuana.
Yo quería vender cualquier cosa que dejara margen.
Fue cuestión de tiempo que chocara con otros camellos del barrio.
Algunos magrebíes.
Amenazas.
Malas caras.
Dinero moviéndose demasiado deprisa.
Yo seguía.
Creía que controlaba.
Eso es lo que uno se dice justo antes de dejar de controlar.
Luego llegó la heroína.
El caballo.
Negocio perfecto, pensé.
El cliente siempre vuelve.
No pensé demasiado en por qué.
Mi error fue creer que fumarla era otra cosa.
Más limpio.
Más controlable.
Menos peligroso.
Una de esas mentiras que uno se cuenta porque necesita seguir.
Dos meses después ya estaba enganchado.
Entonces entendí que el negocio tenía un gasto oculto.
Yo mismo.
Empecé a vender para consumir.
A consumir para poder seguir.
Y a seguir porque ya no sabía hacer otra cosa.
Después vino todo lo demás.
Reto a la Esperanza.
Una cura de sueño en una clínica de Santiago.
El trabajo perdido.
El matrimonio roto.
Mi mujer se fue.
Julia tomó el mando cuando yo ya no podía.
—Te vas.
—¿Adónde?
—A Brasil.
Me mandó con Julio y Nilson.
Ellos no consumían.
Eso era importante.
Allí empecé a limpiarme.
Despacio.
Sin épica.
Encontré trabajo en un bar de playa.
El primer día me ofrecieron cosas.
Dije que no.
El segundo también.
Volví a decir que no.
Después dejó de ser una hazaña.
Se convirtió en rutina.
Trabajo.
Comida.
Dormir.
Volver a empezar.
Ahora estoy fuera.
Por ahora.
He aprendido a desconfiar de esa frase que tanto me gustaba:
«Yo controlo».
No controlaba nada.
Y se verá.
leopoldo
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