Poeta fin

Publicado el 19 de septiembre de 2026, 9:40

Veréis.

Hace treinta años escribí un libro y se lo entregué a mi primo Enrique.

Le pedí una cosa muy concreta:

—Cuando yo muera, haz que esto le llegue a Ana.

Por medio de su sobrino Miguel.

Me pareció importante dejarlo preparado.

Uno nunca sabe cuándo va a alcanzar su cenit literario.

Quizá después de muerto.

El libro tiene, según mi modesta opinión, valor académico y una influencia bastante evidente de Leopoldo María Panero.

Eso ya debería preocupar a cualquiera.

Mientras llega mi consagración póstuma, llevo una vida bastante razonable para un poeta.

Vivo en el Ventorrillo coruñés con dos marroquíes acogidos.

Escribo todos los días.

Almuerzo en un comedor social.

Tengo una pensión suficientemente jugosa como para no preocuparme por trabajar.

Voy cada semana a la Biblioteca Ágora.

Y me relaciono con las capas sociales que más me interesan:

putas, yonquis, colgaos, poetas y trastornaos.

A veces todos caben en la misma persona.

Me temo que soy poeta.

Y también me temo que mi obra vivirá más que yo.

Tomen nota.

Me importa un huevo el reconocimiento social.

Por eso casi he renunciado a que mi poesía sea reconocida antes de morirme.

Casi.

Porque uno también tiene sus pequeñas contradicciones.

Y aquí entra Lore.

Hermosa mujer.

Bella alma.

Y una paciencia editorial que roza lo sobrenatural.

—Esto sobra —me dice.

—Ni hablar.

—Sobra.

—Es esencial.

Lo quita.

Y normalmente tiene razón.

Lore edita con esmero todo lo que escribo.

Ordena.

Pule.

Corrige.

Y evita, en la medida de lo posible, que mi genialidad se vuelva ilegible.

Cuando muera, mis hijos, mis amigos y mi familia abrirán mis libros.

Leerán.

Se quedarán un rato en silencio.

Y por fin comprenderán algo que yo llevo años intentando explicarles:

que era un genio.

O un pesado.

A esas alturas ya no podré discutirlo.

 

leopoldo

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