Los ojos cerrados.
La oreja apoyada en la almohada.
El intelecto, fuera de servicio.
Sé que estoy en mi cama.
Sé que estoy dormida.
Y sé que estoy soñando.
Hasta ahí, bien.
Pero entonces pienso:
—¿Cómo voy a estar soñando que estoy dormida?
Algo falla.
Si estoy razonando, quizá estoy despierta.
—No necesariamente —dice leopoldo—. Los sueños también discurren.
—¿Los sueños piensan?
—Y bastante.
Leopoldo habla consigo mismo, lo cual tampoco aclara demasiado las cosas.
Esto empieza a ser un lío de vidas, empresas mentales y sueños trabados unos dentro de otros.
Una fantasía onírica con problemas de organización.
—Oye —digo—. ¿Y los sueños llegan a conclusiones?
—Tremendas —responde el menor de los Panero.
Se queda un momento en silencio.
Luego añade:
—¿Y si es verdad que la vida no merece la pena ser vivida?
Vaya.
Ya hemos llegado.
De una almohada a la crisis existencial en menos de cinco minutos.
—Entonces la vida sería una entelequia.
—¿Una qué?
—Una entelequia.
—Eso suena a que tampoco sabes muy bien qué quieres decir.
Puede ser.
Pero seguimos.
El valor existencial.
La conciencia.
El sueño.
La vida.
Descartes.
Cogito ergo...
La hostia.
—Bueno —dice leopoldo—, si tu respuesta es B, habrá que suicidarse.
—¿Y cuál era la pregunta?
Silencio.
Nadie la recuerda.
Quizá ese sea el verdadero problema de los creadores: pasarse media vida buscando respuestas y olvidar la pregunta por el camino.
Pilar filosófico de la crisis existencial de los creadores.
O quizá solo otra noche sin dormir bien.
leopoldo
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