El caso más evidente es Enrique Cabanillas.
Exprofesor de Derecho.
Toda su vida ha estudiado una barbaridad. Ocho horas. Diez. Las que hicieran falta.
—¿Cómo puedes estar tanto tiempo? —le pregunté alguna vez.
—Organizándome.
La respuesta me pareció irritantemente sencilla.
Enrique no estudiaba por horas, sino por contenidos. Las asignaturas difíciles recibían más tiempo. Las fáciles, menos.
Y siempre café.
Mucho.
Cuando el tema se lo permitía, ponía flamenco o jazz. Ese programa de radio que tanto le gusta y que forma parte ya del mobiliario de su cabeza.
Cada hora hacía una pausa.
Diez minutos.
—¿Y qué haces?
—Leo poesía.
A ser posible, Gil de Biedma.
Eso sí lo entendí.
Después de cinco horas de estudio, llamaba a algún amigo.
Nunca para decir simplemente:
—Estoy cansado.
No.
Buscaba una excusa filosófico-existencial.
—¿Tú crees que uno acaba siendo lo que quería ser?
Y ya estaba montada la conversación.
Pasión y conciencia.
Yo he heredado parte del método.
También me programo por contenidos.
Hoy empecé con Irán por internet.
Después miré la chuleta.
Ponía: Gaza.
Así que Gaza.
No conviene discutir con una chuleta.
También tomo mucho café.
La diferencia viene al final.
Enrique —Kikón para la familia— se sirve un whisky cuando termina.
Yo prefiero un porro de marihuana o hachís.
Cada Cabanillas tiene su liturgia.
Esta tarde estudiaré francés con Judy.
Antes comí en el comedor social.
Como casi siempre, fumado.
Luego poesía.
Hoy, Roberta Marrero.
Y al final, ya en casa, lo que siempre termina ocurriendo.
ESCRIBO.
Porque quizá estudio para eso.
Para tener algo más que decir cuando me siento delante de la página.
leopoldo
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