Si aún estuviera viva, llegaría a Pontevedra y me estaría esperando alguno de sus taxistas esclavos de turno.
Me recogería en la estación.
En casa, «la chica» de turno —María, Eva o Luz— ya tendría preparado mi cuarto y hecha la cama.
Yo dejaría la bolsa, colocaría mis libros y me instalaría.
En casa de Paca casi solo leo poesía.
Al rato aparecería sor Elvira, con aquella sonrisa suya, discreta, casi modesta.
Después llegaría Lola Cuiñas con sus dos terriers y esa manera viva de entrar en una habitación.
—¿Qué vais a comer?
Yo pediría una pizza por teléfono.
Paca hacía años que había dejado de cocinar.
—Paga tú, mamá.
—Naturalmente.
Y pagaría ella.
Luego hablaríamos de los Cabanillas.
Siempre acabábamos hablando de los Cabanillas.
En algún momento llamaríamos a Enrique.
—A ver qué dice este.
Carlitos también era receptor habitual de nuestros dislates telefónicos.
Paca podía pasarse media vida criticando Pontevedra.
—Aquí no para de llover.
—Mamá, estás en Galicia.
—Por eso. Así son los gallegos, unos esaboríos.
Lo decía mientras se fumaba un «Un X Dos» y se echaba cantidades industriales de gotas por la nariz.
La sinusitis la traía inundada.
Si aún estuviera viva, seguiría vistiendo aquellos chándales de oferta que le traía Lola.
Y probablemente seguiría pasando de la obesidad a una delgadez extrema con una facilidad que su cuerpo pagaba después.
—Mira cómo estoy de estrías —diría.
Y seguiría defendiendo el gazpacho y los pescaitos como si fueran una cuestión de Estado, aunque la comida gallega siempre le gustó mucho más de lo que estaba dispuesta a reconocer.
La imagino perfectamente.
Sentada.
Fumando.
Quejándose de la lluvia.
Llamando a alguien.
—Serafín, a ver cuándo puede arreglarme la nevera.
Pausa.
—Buenos días.
Si aún estuviera viva, seguramente no haríamos nada extraordinario.
Y quizá por eso la echo de menos.
leopoldo
Añadir comentario
Comentarios