Como todas las mañanas, entré en el bar del «café de los pobres».
Había poca gente.
Me fui a la mesa del rincón.
—Café solo, largo. Y dos churros, por favor.
Elisa me conoce.
Sabe que, si intento llevar yo la taza, lo más probable es que el café termine en el suelo.
Así que me lo trajo a la mesa.
—Aquí tienes, Kiko.
—Gracias, Elisa.
Abrí el sobre de azúcar.
Lo eché.
Empecé a remover.
Una vuelta.
Dos.
Tres.
Entonces ocurrió.
Se me nubló un poco la vista.
Y, mientras la cucharilla seguía girando, yo ya no estaba allí.
Estaba en una estación de Turquía.
La mochila junto a mí.
La guía de viaje abierta sobre las rodillas.
Antalya.
Sí.
Tenía que ir a Antalya.
Seguí removiendo.
La estación desapareció.
Apareció el viaje.
Llegué a aquella ciudad tomada en parte por turistas alemanes, carteles en otros idiomas y un Mediterráneo distinto al mío.
La cucharilla dio otra vuelta.
Leí en la guía que, junto a la playa, alquilaban pequeñas cabañas de madera para dormir.
Tres movimientos más.
Ya estaba allí.
Mochila en el suelo.
Arena.
Una cama sencilla.
El mar al fondo.
No recuerdo haberlo decidido.
Hay viajes que uno organiza.
Otros parecen haberte estado esperando.
Mi alma tenía una cita en Antalya.
Dejé la cucharilla sobre el plato.
Clinc.
Y regresé.
El bar.
Los churros.
La mesa del rincón.
Elisa detrás de la barra.
Miré la taza.
Vacía.
—Elisa.
—¿Qué?
—Otro café, por favor.
Todavía me quedaba mundo por recorrer.
leopoldo
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