José, el taxista, debía recogerme a las nueve y media para ir a Bankinter.
Llegó puntual.
Subí al coche.
—¿Qué lees, José?
—Cortázar. Cuentos.
—Bien elegido.
Arrancó.
Pero en vez de dirigirse al banco, tomó la carretera del Portiño.
Miré por la ventanilla.
Pensé en preguntarle.
No lo hice.
Tengo una confianza casi religiosa en José, lo cual quizá sea un error.
Entonces apareció el cartel:
BIENVENIDOS AL UNIVERSO «QUEER»
—José…
—Tú tranquilo.
Paró junto al barrio.
—Te dejo aquí. Cuando termines, ya sabes dónde está el taxi.
—¿Cuando termine qué?
José ya estaba cerrando la puerta.
Me adentré.
Había música.
Lentejuelas.
Una mujer cantaba algo parecido a flamenco mientras un hombre vestido de poeta cubano repartía besos y vasos de ron.
—Hola, cariño —me dijo—. ¿Vienes solo?
—En principio iba al banco.
—Mucho mejor esto.
No pude discutirlo.
Apareció entonces una cantaora con un vestido imposible.
—¿Bailas?
—Tengo una minusvalía.
—Eso no te he preguntado.
Y bailé.
O hice algo que, desde cierta distancia y con bastante generosidad, podía confundirse con bailar.
El poeta cubano me abrazó.
La cantaora se rio.
Alguien apareció con más ron.
Lo que iba a ser una mañana en Bankinter acabó convertido en una fiesta donde nadie parecía demasiado interesado en saber quién era hombre, quién mujer, quién poeta o quién simplemente había llegado allí por equivocación.
Me pareció perfecto.
Cuando ya no podía más, regresé al taxi.
José seguía leyendo a Cortázar.
Levantó la vista.
—¿Qué tal?
—No hemos llegado al banco.
—Ya iremos mañana.
—¿No has querido entrar?
—Con Cris tengo suficiente universo.
Y siguió leyendo.
Yo me senté a su lado.
A veces conviene equivocarse de destino.
leopoldo
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