Después de conseguirle a la Lore el contacto de Juan Carlos Heredia, presidente de la Unión de Escritores, hemos llegado a un acuerdo.
Ella me propone trabajar juntos.
Yo le echo una mano.
Ella me edita los libros.
Gratis.
He aceptado encantado.
Volvemos al trueque.
Y menos mal.
Llevaba unos días deprimidísimo, haciendo cuentas y llegando siempre a la misma conclusión: iba a tener que dejar de editar con la Lore por falta de parné.
El dinero que me queda de la herencia de mi padre es para mis hijos.
No para financiar mi carrera literaria.
Uno puede ser poeta, pero tampoco gilipollas todos los días.
Además, empezaba a cansarme de lo que llamo la «edición de ricos»: libros técnicamente perfectos por los que pago una pasta y de los que luego no vendo un puto ejemplar.
El capitalismo tiene estas pequeñas faltas de sensibilidad con la poesía.
Entonces apareció Juan Carlos.
Es periodista, escritor, melillense y colega mío desde hace años. Tenemos una relación excelente, así que hice de intermediario.
Le hablé de la Lore.
Le hablé a la Lore de Juan Carlos.
Y los dejé hablar.
—Que me envíe la propuesta —dijo él.
Eso bastó.
La Lore quiere plantearle una forma distinta de trabajar con la Unión, abriéndola también a proyectos, creadores y organizaciones de dentro y fuera de España.
Yo hice de puente.
Y el puente, por una vez, no cobra peaje.
A cambio, podré seguir haciendo libros con ella.
Se me pasó la depresión.
Porque una cosa tengo clara: cada vez escribo mejor.
Ahora falta el pequeño detalle de que alguien compre lo que escribo.
Quizá ayuden las próximas ventas del libro de Santi y del libro de terapeutas de Adaceco.
No pido demasiado.
Un pequeño empujón del espíritu capitalista.
Lo justo para poder seguir escribiendo contra él.
leopoldo
Añadir comentario
Comentarios