J’ai bu.
Yo he bebido.
Clase de francés después del porro con Javi.
No sé si es el mejor método para aprender idiomas, pero de momento funciona.
Tengo media cabeza congelada.
La culpa es de Ilias, que ayer decidió cortarme el pelo.
—¿Por qué me has rapado solo la mitad?
Me mira la cabeza.
—Porque así está bien.
—¿Bien para quién?
No responde.
Ilias tiene una concepción del oficio de peluquero que excluye las explicaciones.
De modo que aquí estoy, en la sala de lectura, estudiando francés con media cabeza al descubierto y la otra media todavía en una estación anterior del año.
Dentro de diez minutos llamaré a Fredo.
A ver si hay suerte.
A veces tiene un chocolate buenísimo. Otras veces aparece con uno mediocre y pretende que la diferencia no existe.
Existe.
—¿Tienes del bueno?
Esta será toda nuestra negociación comercial.
El martes, en cambio, tengo otra operación económica.
José —José el Taxista— vendrá conmigo a Santiago para recoger un talón de quinientos euros por la venta de una finca de la herencia.
Quinientos euros.
Menos ciento veinte del taxi.
Trescientos ochenta.
Esta vez quiero ahorrar.
Lo escribo para comprometerme.
Ahorrar.
Porque quiero irme con Hicham a Marruecos.
No sé si lo conseguiré. El dinero posee una extraordinaria facilidad para desaparecer cuando pasa por mis manos.
El francés, por ahora, progresa.
La herencia disminuye.
Marruecos espera.
Y yo sigo con media cabeza congelada.
J’ai bu.
Cierro el cuaderno.
Me voy de la sala de lectura.
Tengo que llamar a Fredo.
leopoldo
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